miércoles, 25 de septiembre de 2013

Capitulo 56



Estaba sentada en un campo, rodeada de matas de frambuesa en flor, y las flores diminutas la llamaban. Su marido, tendido a su lado, con la cabera apoyada en su regazo, arrancó una flor sin zarzas espinosas y se la entregó. Mientras la flor descansaba en la palma de su mano, la vio transformarse milagrosamente en una frambuesa. Luego la puso en los labios del hombre al que amaba...
Lali se esforzó por salir de la oscuridad, su cuerpo dolorido como si la hubieran arrojado desde un precipicio. Se volvió un poco; el dolor le atravesó el costado. Gimió.
—Chis, ahora descansa.
Notó que unos dedos le apartaban el pelo de la frente. Al abrir los ojos, vio a aquel mismo hombre sentado junto a su cama. Sus ojos reflejaban tanto amor y tanta preocupación por ella que pensó que aunque le pusieran delante una fila de cien hombres idénticos a él podría distinguirlo de todos los demás.
Había estado allí cada vez que ella había abierto los ojos, le había dedicado una sonrisa tranquilizadora, le había humedecido la frente, le había dado unas cucharadas de caldo y le había pedido que se pusiera buena pronto, como si dependiera de ella.
—¿Peter?
—Chis —le dijo una vez más, tomándole la mano y dándole un beso en los dedos—. Te ha pasado algo horrible. Tienes que descansar.
Él tampoco tenía buen aspecto, y no podía imaginar que lo suyo hubiera sido peor. Barba de varios días, el pelo despeinado, los ojos enrojecidos, el cuello de la camisa desabotonado.
—Sé cómo demostrar que tú eres Peter —susurró ella.
—Cielo santo, Lali, has estado a punto de morir. ¿De verdad crees que me preocupa el maldito ducado? —inquirió él, con la voz áspera de emoción—. ¿Más de lo que me preocupas tú?
Pudo ver lágrimas en sus ojos, que él se esforzaba por contener. Le temblaba la mano cuando se la puso en la mejilla.
—He pasado ocho años solo, pero cuando he creído que iba a perderte, que jamás volvería a ver tu sonrisa o ese hoyuelo diminuto, que nunca más oiría tu risa... «soledad» no es palabra suficiente para describir el sentimiento que me ha invadido. Una desesperación tan intensa que renunciaría a todo, a mis títulos, a mis propiedades, a mi nombre, por abrazarte un instante más. Tan sólo un instante.
Las lágrimas le quemaban los ojos, y deseó tener fuerzas para abrazarlo.
—No podría vivir sin ti. —Desvió la mirada, y ella detectó el movimiento trabajoso de los músculos de su cuello mientras intentaba recuperar el control de sus emociones.
Cuando volvió a mirarla, la sorprendió la furia que llenaba sus ojos.
—Y como vuelvas a ponerte en peligro... ¿en qué pensabas para cubrirme de ese modo?
Le cogió la mano con la que él aún le acariciaba la mejilla.
—En que yo tampoco podría vivir sin ti.
Peter soltó un sollozo que parecía venir de lo más profundo de su alma. Apoyó la cabeza en su pecho y ella le acarició el pelo.
—No quiero perderte nunca —dijo él.

Ella quería decirle que eso no ocurriría, que había encontrado una solución, pero empezó a sentirse cansada, los párpados le pesaban. Necesitaba decirle cómo demostrar quién era. Justo antes de quedarse traspuesta, susurró: «Frambuesas...».

Capitulo 55



Al oír la puerta, Lali se volvió de golpe y el corazón le dio un brinco cuando vio al otro hombre que aseguraba ser Peter.
—He supuesto que te encontraría aquí —espetó—. Imagina mi sorpresa al ver que mis guardias se dirigían a la casa.
El marido de Lali le quitó el cuchillo de la mano y se puso en pie con dificultad.
—¿Qué vas a hacer con eso, hermano? —preguntó el hombre que estaba junto a la puerta.
—Depende de lo que me obligues a hacer.
—Parece que estamos en punto muerto, pero siento curiosidad. Dime, ¿cómo conseguiste fugarte de Pentonville?
—Por el suelo de la capilla.
—Ah, muy listo.
—¿Y tú?
—Yo no me he fugado. Me han soltado. En cuanto me sacaron de la celda de aislamiento, insistí en que quería hablar con Matthews...
—El celador.
—Sí. La fortuna me sonrió el día que conocí a Matthews. Era aficionado a la bebida y al juego. Por desgracia, rara vez tenía suerte. Debía mucho dinero a unos cuantos indeseables. Se mostró muy interesado en lo que pudiera ofrecerle. Además, tiene un secreto que nadie más conoce, y el que yo lo supiera le hizo percatarse de que había cometido un terrible error. Él se encargó de mi liberación. Ahora está de camino a América.
—Muy oportuno. El único testigo de tus maquinaciones ha desaparecido.
—Sé bien lo que me toca hacer —sonrió John.
—¿Qué pasó con mamá y papá? ¿Nunca preguntaron por qué sólo volvió uno de nosotros aquella noche?
John puso cara de asombro.
—Jamás supieron que sólo había vuelto uno de nosotros, hermanito —confesó—. Fue complicado hacerme pasar por los dos... nunca a la vez, claro, y sólo durante unos días, hasta que «John» los convenció de que partiría para América en busca de fortuna.
—¿Y Weddington?
—Era una molestia. Siempre insinuando que quizá yo era John, o sea tú. Tuve que prescindir de aquella amistad. Aunque me costó un poco acabar con ella por completo. No lo conseguí hasta que se lió con esa putita.
—Has sido diabólicamente astuto.
—No me quedaba otro remedio. Tú no parabas de decir que eras el heredero.
—¿Me habrías soltado alguna vez?
—No lo sé. Matthews desempeñó muy bien la tarea que le encomendé. Yo sólo iba a tenerte allí unos meses, hasta que te trasladaran, pero él tenía miedo de que, al sacarte de la celda de aislamiento, se descubriera lo que había hecho. —John se encogió de hombros—. O eso confesó cuando se enfrentó a su benefactor. Y ahora vuelves a intentar usurpar mi lugar.
—Juegas con ventaja, pero estoy dispuesto a cedértelo todo.
—¿Incluida tu esposa?
—No, a ella no.
—Pero si yo soy Peter, entonces está casada conmigo...
—Concédele el divorcio.
—El divorcio es un escándalo. Además, aunque se libre de mí, no podrá casarse con el hermano de su marido.
—En América sí.
John arqueó una ceja.
—¿Te vas a América?
—Sí, creo que nos iremos.
—¿Me mandarás cartas? Me encanta saber de tus aventuras. Aunque creo que deberías irte al oeste. Virginia empieza a ser un poco aburrida.
—Te escribiré cartas desde donde quieras.
Lali vio que el hombre situado junto a la puerta negaba lentamente con la cabeza.
—Por desgracia, no confío en ti, hermano.
Horrorizada, lo vio sacar una pistola.
—¡No! —gritó, levantándose y colocándose delante de su marido. Notó que el fuego le atravesaba el cuerpo y le estallaba dentro, oyó el eco de una explosión que pensó que podría derrumbar el techo y se encontró de nuevo en el suelo mientras la oscuridad le iba robando la visión. ¿Quién había apagado el candil?
—Cielo santo. ¿Lali? ¿Lali?
Notó que un fluido caliente brotaba de su cuerpo y se encharcaba. Todo lo que la rodeaba se volvió negro, hasta la voz que la llamaba sonaba lejana. Sintió que la envolvían en mantas, que la levantaban unos brazos fuertes y firmes.
—¡Por todos los santos, no te quedes ahí parado! Ve al pueblo a buscar a un médico. ¡Rápido!

Mientras sucumbía al dulce abismo del olvido, Lali se percató de que acababa de oír la voz del verdadero duque de Killingsworth.

Capitulo 54



—Gracias, no os necesito. El duque me ha dicho que subáis a la casa y comáis algo. Yo me quedaré aquí hasta que volváis.
Lali entró en la sala y cerró la puerta. En una mano, llevaba un candil, en el otro brazo un montón de mantas, como si no supiera que a él la comodidad física ya le daba igual.
Peter prefirió mirar al suelo antes que a ella. Oyó el eco de sus pasos huecos a su alrededor, luego un ruido seco cuando ella dejó el candil en el suelo.
—Te he traído unas mantas —le comunicó en voz baja, como si temiera molestarlo.
Él la miró, después volvió la vista al suelo.
—¿Quieres que te ayude a incorporarte? —le preguntó.
—No.
—No me gusta que te tengan aquí encerrado, pero tu hermano teme que intentes usurparle su autoridad...
—Me extraña, porque no tiene ninguna —replicó él con una mirada feroz—. Te cuenta un puñado de mentiras y tú le crees.
Apretando las mantas contra su pecho, Lali se arrodilló en el duro suelo de piedra.
—Estaba conmocionada. ¿Tienes idea de lo que es descubrir que no estás casada con quien creías?
—Pensabas que te casabas con el duque de Killingsworth, y es exactamente lo que has hecho.
—Según tu hermano, no.
—Miente, Lali. ¿Por qué te cuesta tan poco creerle a él en vez de a mí?
—Porque él nunca me ha engañado...
—Claro que te ha engañado, ha engañado a todo Londres haciéndose pasar por mí.
—Y tú lo podías haber solucionado diciéndome la verdad desde el principio, pero no lo has hecho. Sabías que no eras el hombre que se me había declarado. ¿Por qué no cancelaste la boda?
—Porque no podía imaginar que fuera otra cosa que un matrimonio de conveniencia. Pensé que deseabas casarte con el título, no con el hombre.
—El título no me da calor por las noches.
—Entonces no te conocía lo suficiente para saber cómo pensabas.
—¿Y ahora?
—Ahora te conozco muy bien, pero, por lo visto, tú a mí no.
—Pues cuéntame lo que no sé.
No quería contarle nada. Quería que lo creyera tan sólo con lo que ya sabía de él. Eso bastaría. Si de verdad lo amaba, eso sería suficiente. Pero también se dio cuenta de que, para ella, aquella petición era razonable... y en realidad lo era.
—Creo que sí que voy a incorporarme.
Ella dejó las mantas a un lado, lo cogió del brazo y tiró tanto como pudo para ayudarlo a levantarse, hasta que Peter logró apoyar la espalda en la tumba de su madre, con las rodillas dobladas para mantener el equilibrio.
—¿Quieres que te arrope con una manta? —le preguntó ella.
—No, estoy bien.
—¿Estás atado como un pavo de Navidad y dices que estás bien?
—Atado gracias a tu sugerencia de dar un paseo por los jardines.
Ella bajó la vista al suelo.
—No sabía que iba a... —Meneó la cabeza—. Me dijo que quería hablar.
—Y sigues creyendo que él es el duque de Killingsworth.
—Cuéntame lo que debo saber —repuso ella mirándolo.
—Deberías saber, sin que yo te lo diga, que Peter soy yo.
—Supongamos que es cierto. Aun así, me engañaste. No eres el hombre al que me prometí. .
—Tienes razón —suspiró él—. No tenía previsto... —«Enamorarme de ti.» Pero no terminó la frase, porque tampoco eso importaba ya—. Me has pedido que te cuente lo que no sabes. No sé lo que sabes, así que te voy a contar lo que sé yo.
»Poco antes de que cumpliéramos dieciocho años, John propuso que organizáramos una gran celebración que empezaría en la noche de mi cumpleaños y terminaría en la madrugada del suyo. Lo planificamos todo: los locales a los que iríamos, lugares en los que me garantizó que nos recibirían bien. Debí haber sospechado algo entonces, no sé por qué.
«Recorrimos todo Londres, bebiendo whisky en el carruaje. Fuimos a una casa en las afueras de la ciudad. Yo no había estado allí nunca, pero por lo visto John sí, porque lo conocía todo el mundo. Dentro, nos esperaban más bebidas, jarana y mujeres. Recuerdo que John me dio un vaso de whisky, me puso en la mano la de una señorita, y me dijo que bebiera, que ella se encargaría del resto. —Meneó la cabeza.
»Recuerdo que subí la escalera y entré en una habitación... mi siguiente recuerdo es que desperté en una celda, vestido con un traje de preso, pidiendo ayuda y recibiendo a cambio una paliza. Era el preso D3-10. Y cuando supe que estaba en Pentonville, me di cuenta de que me había metido en un buen lío.
»Pensé que quizá John también estaba allí, en otra celda. Que habíamos ido a parar a una red de comercio de esclavos o algo similar. O que las personas de la casa a la que habíamos ido nos habían utilizado para reemplazar a sus amigos convictos. Todas las explicaciones que se me ocurrían me parecían absurdas, pero también lo era la situación. Me sentía estúpido, y no entendía por qué sucedía todo aquello.
»Como sabes, nos obligaban a llevar el capuchón puesto cuando salíamos al patio de ejercicio, pero yo procuraba mirar a los ojos a los otros presos en busca de unos parecidos a los míos. A veces, intentaba susurrarle al hombre que tenía delante, pero lo único que conseguía era el aislamiento absoluto durante un tiempo.
»Entonces, un día, no sé cuántos habían pasado, recibí una carta. Dentro había un recorte del Times. Era la necrológica de los duques de Killingsworth.
—Tus padres —susurró ella.
Él asintió con la cabeza.
—La carta sólo decía: «He pensado que querrías saberlo». Iba firmada por Peter Lanzani, duque de Killingsworth. Entonces supe que no encontraría a John entre los presos, que nuestra celebración de cumpleaños había sido una retorcida treta para deshacerse de mí.
—Pero ¿por qué esa noche, cuando aún no eras duque? Además, alguien tuvo que darse cuenta de que faltaba uno de vosotros.
—John les había dicho a nuestros padres en incontables ocasiones que quería viajar a América. Supongo que, haciéndose pasar por Peter, los convenció de que John había querido cumplir su sueño de cruzar el Atlántico justo después de nuestra celebración de cumpleaños. Quizá les dijo que se había emborrachado un poco y se había largado, pero eso es sólo una suposición mía.
Ella empezó a frotarse los brazos enérgicamente, y él no supo si lo hacía por el aire frío que los rodeaba o por lo espeluznante de su relato.
—No me crees —señaló.
—Él me ha dicho que vuestro padre lo dispuso todo porque sabía que querrías llevarte lo que no te correspondía.
—¿Qué ganaba mi padre con eso?
—¿Y qué ganaba tu hermano?
—El ducado.
—Pero tardaría en tenerlo. Él no podía saber que tus padres morirían tan pronto.
Peter tragó saliva y se obligó a expresar la sospecha que lo había atormentado casi todos esos años.
—Salvo que supiera que heredaría el ducado en breve.
Lali dejó de frotarse los brazos.
—Pero eso sólo podía saberlo...
Peter asintió con la cabeza.
—¿Y si su plan incluía matar a nuestro padre?


De pronto, Lali sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío mármol que la rodeaba.
—¿Por qué no cancelaste la boda?
—Lo pensé, pero tienes que entender que había estado aislado mucho tiempo, privado de la posibilidad de compartir mis pensamientos con nadie más que yo mismo, y de repente me encontré de pie ante el altar, tratando de decidir qué debía hacer. No sabía cómo demostrar que yo era Peter, y temía que, si no seguía adelante con la ceremonia, me harían preguntas que no estaba preparado para responder. Después de la boda, no pude decirte la verdad porque me confesaste que me querías muchísimo, y pensé que si te decía la verdad, tendría que enfrentarme a las autoridades antes de haber decidido cuál era la mejor forma de probar mi identidad.
»Tenía previsto no ponerte una mano encima y, cuando pudiera liberar a John, encontrar un modo de deshacer el matrimonio y alguna forma de burlar la ley, aunque fuera con una acta del parlamento, con el fin de que pudieras casarte con el hombre al que te habías prometido.
Su voz estaba cargada de sinceridad, de desesperación por que lo creyera, por que confiara en él, por que lo comprendiera.
—¿Cómo te fugaste?
Lali escuchó en silencio, embelesada, la descripción de su rutina diaria, del aislamiento constante, salvo por el paseo en el patio de ejercicio y el trayecto a la capilla; que hasta en los momentos de culto los tenían aislados, y el silencio los rodeaba excepto cuando cantaban; y cómo había conseguido soltar las tablillas del suelo y escapar.
Le habló de Matthews, y de cómo el celador se había llevado a John en su lugar.
—Aunque, en realidad, no era mi lugar. Jamás debí ir a parar allí, para empezar.
Lali vio cómo los ojos se le llenaban de lágrimas, y cómo parpadeaba para deshacerse de ellas. Él apartó la mirada y ella se fijó en el trabajoso movimiento de los músculos de su cuello.
—Lali, no te imaginas lo que fueron esos ocho años —le confesó con voz áspera y desgarrada—. Que nadie te tocara salvo para empujarte; no poder hablar nunca con nadie ni siquiera de cosas intrascendentes, del tiempo, del color de los ojos de una mujer, de su garbo al caminar; por no mencionar de los anhelos del corazón, de las esperanzas, de los sueños.
—Y aun así mantuviste la distancia hasta la noche de la tormenta en que te pedí que no lo hicieras.
—Yo no tenía derecho a tocarte.
—Pero lo hiciste.
—Si quieres una disculpa... —Meneó la cabeza—. La quieras o no, la mereces. Lo siento, Lali. Siento el daño irreparable que haya podido causarte...
—¿Cómo vas a demostrar quién eres?
—¿Me crees?
Su voz sonaba llena de esperanza, de desesperación por que lo creyera.
—Lo único que sé es que te quiero —admitió ella.
Con un profundo suspiro, él bajó la cabeza.
—No es suficiente.
Aquello le partió el corazón, pero sospechaba que su reticencia a reconocerlo como el duque era igual de dolorosa para él. Si lo amaba, ¿no debería creerle?
De entre las mantas, sacó el cuchillo que había ocultado en los pliegues.
—Seas quien seas, no mereces este trato. —Empezó a cortar la cuerda que le sujetaba las piernas—. Ve a Londres y averigua con quién deben hablar los lores cuando surge una disputa por su título.
—Con el lord Canciller.
Tras liberarle los pies, ella se detuvo y le lanzó una mirada furiosa.
—Si lo sabías, ¿por qué no has hablado ya con él?
—Porque no puedo demostrar que yo soy el duque. Es la palabra de John contra la mía.
—¿Y esto te parece mejor? ¿Jugar a encarcelaros el uno al otro?
—No, tienes razón. Debo confiar en los tribunales.
Ella se acercó y él se retorció para darle acceso a sus manos. Cuando hubo cortado las ataduras, él soltó un gruñido y empezó a frotarse las muñecas y a ejercitar los dedos.
—Ve a Londres —le ordenó ella.
—¿Vienes conmigo? —le preguntó él, acariciándole la mejilla.
¿A sabiendas de que su amor no era suficiente para él? Con lágrimas abrasándole los ojos, ella sacudió lentamente la cabeza.

—No puedo.

Capitulo 53


Lali pensó que jamás olvidaría el gesto de traición demoledora que había aparecido en el rostro de su marido al percatarse de que ella le había tendido una emboscada. Sólo que ella no sabía lo que iba a ocurrir. La había sorprendido tanto como a él, pero aún no se había recuperado de las revelaciones de aquella tarde.
Ya no estaba segura de lo que debía creer, de lo que debía hacer. Se sentó en una silla, en su dormitorio, y contempló cómo anochecía, total y absolutamente exhausta por la terrible experiencia, confundida por sus sentimientos, preocupada por el hombre al que había traicionado.
Dos hombres decían ser Peter Lanzani. Con uno había prometido casarse; con el otro se había casado. Uno le había gustado; al otro lo amaba. ¿Importaba que se hubiera casado con John? A su corazón le daba igual no ser duquesa. Pero si era John, su marido necesitaba ayuda. Desesperadamente.
Oyó que se abría una puerta, la que separaba el dormitorio del duque del suyo. Había esperado con tanta ilusión que él fuera a verla esa noche, pero ahora sólo deseaba que aquel hombre se marchara.
Él se situó a su lado y se apoyó en el marco de la ventana. Notó que la miraba fijamente.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—Trato de decidir si estoy casada con el hombre con el que intercambié los votos nupciales o con el hombre cuyo nombre figura en el acta matrimonial.
—Yo me he estado preguntando lo mismo, pero hasta que sepamos si estás embarazada de mi hermano, la cuestión es discutible.
—No entiendo —dijo ella, volviéndose hacia él.
—No me meteré en tu cama durante un mes. Si en ese tiempo se sabe que no estás embarazada, te tomaré por esposa, como habíamos acordado inicialmente. Sin embargo, si lo estás... —se interrumpió.
—Entonces, ¿qué?
—No puedo arriesgarme a que sea un varón, un heredero. Tendría que divorciarme de ti alegando adulterio.
—¿Vas a divorciarte de mí sin haberte casado conmigo?
—Aunque yo no subiera al altar, mi hermano ha contraído matrimonio contigo y tú, de buena fe, has creído que te casabas conmigo.
—Bastará con que expliquemos que tu hermano —le costaba llamar a su marido John— se ha hecho pasar por ti.
—No. No permitiré que mi familia se vea envuelta en un escándalo así. Lo sucedido quedará entre nosotros.
—¿Prefieres que todo Londres piense que tu esposa te ha sido infiel?
—Espero que no nos veamos obligados a tomar esa decisión.
—¿Y qué vas a hacer con... él?
—Aún no lo sé.
—¿Y si yo lo convenciera para que renunciase a todo esto y nos fuéramos los dos lejos de aquí...?
Él soltó una falsa carcajada.
—No renunciaría a todo esto, ni siquiera por ti.
—Me ha dicho que me quiere.
—También te ha dicho que es Peter, el duque. Las mentiras le brotan de la boca como el vino brota de una botella. No puedes confiar en él, Lali.
—No sé por qué has tenido que encerrarlo en el mausoleo.
—Era eso o la cárcel del pueblo.
—¿Qué vas a hacer con él? No puedes dejarlo ahí eternamente. Es un lugar muy frío.
—Sólo se quedará ahí hasta que decida qué hacer con él.
Se apartó de la ventana, se agachó y le acarició la barbilla.
—No tenía derecho a ti. Podría perdonarle que me haya arrebatado el ducado, pero a ti, eso no se lo perdonaré nunca. —Se inclinó, su rostro muy cerca del de ella—. Porque, como ves, yo también te quiero. —La soltó y se enderezó—. Vamos a cenar.
Lo dijo como si a ella no se le hubiera partido el corazón, como si su mundo no se hubiera derrumbado.
—No tengo apetito.
—Debes reponer fuerzas. Todo esto no ha hecho más que empezar.


Peter apenas sentía el frío cortante o el hambre que le roía las entrañas. Sus manos y sus pies atados estaban tan entumecidos como su corazón.
Yacía de costado, donde los matones de su hermano lo habían tirado sin ceremonias. ¿Cómo se las arreglaba John para juntarse siempre con la escoria de la sociedad?
Por lo menos, en Pentonville, había luz. Allí no había otra cosa que la lúgubre oscuridad de la desesperación.
Lali dudaba de él y el dolor de aquella duda era como una espada afilada que le atravesaba el corazón. Había necesitado más fortaleza de la que creía poseer para no llorar de angustia al verla marcharse con John.
Si Lali dudaba de él, ¿de qué le servía demostrar que era el verdadero duque?
El ducado, las propiedades, los títulos... ya no le importaban.

Vio un haz de luz recorrer las vidrieras de la fachada del mausoleo. Oyó el rechinar de la llave en la cerradura. La puerta se abrió y entonces sonó la suave voz de su esposa.

Capitulo 52


A Peter le encantaban sus paseos con Lali al anochecer. Habían tomado por costumbre pasar ese tiempo juntos antes de cenar para liberarse de las preocupaciones del día. Aquella tarde, se habían reunido en los establos en cuanto él había vuelto y, aunque a ella parecía apetecerle mucho el paseo al principio, ahora se mostraba particularmente solemne, algo impropio de su naturaleza alegre.
Sabía que no podía seguir engañándola más tiempo. Tenía que decirle la verdad. Y, cuando se la dijera, tendría que confiar en que ella siguiera sintiendo lo mismo por él.
No había previsto enamorarse de ella, pero había ocurrido. No había nada en ella que no valorara. Nada que no adorara.
Se había pasado la tarde cabalgando sin rumbo por el campo, intentando decidir el modo de comunicarle la noticia, cuándo sería el mejor momento. ¿Antes de volver a hacerle el amor? Porque sin duda lo haría. Carecía de fuerza de voluntad en lo relativo a ella. Tal vez sería preferible que se lo contara después, cuando yaciera en sus brazos, con la piel iluminada por el rubor de su alivio.
Debía decírselo durante la cena, para que pudiera prohibirle la entrada a su dormitorio si así lo deseaba. O por la mañana, para poder tenerla entre sus brazos una noche más.
Y se serviría de las mismas excusas al día siguiente, y al otro. Precisamente por eso se encontraba ahora en tan inadmisible aprieto. Porque no había querido herir sus sentimientos y, al final, muy a su pesar, eso era lo que iba a suceder.
—¿Va todo bien, Lali? —preguntó por fin.
Ella lo miró y le sonrió, regalándole el hoyuelo que tanto le gustaba.
—Claro. Estoy algo distraída.
—¿No es ésa una de las cosas que te molestan de mí, que me pierda por completo en mis pensamientos?
Ella asintió con la cabeza, y a él le pareció ver que las lágrimas asomaban a sus ojos antes de que apartase la mirada.
—¿Lali?
—Estoy bien. Me preguntaba cuándo crees que podremos volver a Londres.
Él tenía que volver a Londres. Debía decidir el mejor modo de resolver el asunto de John, que era precisamente la razón por la que no podía seguir posponiendo contárselo a Lali.
Había pensado que quizá habría una forma de soltar a John sin que nadie saliera perjudicado, pero el problema era cómo asegurarse de que su hermano no hacía más daño. Pondría en peligro a Lali si no le contaba la verdad, y si John iba a verlos alguna vez, posiblemente ella lo identificara como el hombre que le había propuesto el matrimonio.
Él nunca había querido que las cosas se complicaran tanto. Sólo pretendía recuperar lo que era suyo por derechos.
Ya estaban a bastante distancia de la casa, caminando por la zona de los jardines donde los arbustos eran altos y el follaje denso.
—La verdad es que lo he estado pensando mucho. Creo que quizá...
Oyó crujir unas ramas. Al tiempo que él se volvía, Lali se escabulló. Los dos hombres que lo agarraron eran enormes, fornidos y, aunque se revolvía contra ellos, sabía que tenía poca esperanza de escapar. Uno de ellos le dio un fuerte puñetazo en el estómago que lo dejó sin respiración. Le retorcieron los brazos a la espalda...
—¡No le hagáis daño! —gritó Lali.
Una soga se le clavaba en las muñecas. Respirando con...
—Ponedlo de pie.
...dificultad, alzó la mirada al oír una voz que le era familiar. Lo levantaron de un tirón y él se esforzó por mantenerse en pie a pesar de que sus piernas sólo querían desplomarse, no tanto por el dolor que aún sentía debajo de las costillas como por el que se le concentraba en el corazón.
Lali estaba allí, en absoluto sorprendida por la aparición de un hombre idéntico a su marido. Entonces se dio cuenta de que ella sabía que John y sus matones lo estarían esperando.
El dolor de aquella amarga traición lo deshizo por dentro.
—Lali...
—Ahora ya sabe la verdad, hermano —intervino John—. Sabe que tú eres John y yo soy Peter.
Ignorando a su hermano, se centró en su esposa.
—Lali, Peter soy yo. Debes creerme.
—¿Por qué no me dijiste la verdad desde el principio? ¿Por qué te has hecho pasar por...?
—¡Yo no me he hecho pasar por nadie! —Sus palabras resonaron—. Yo soy Peter.
—Te has hecho pasar por el hombre que me cortejó y me pidió el matrimonio. Todo este tiempo has sabido que yo te creía otra persona. Te he entregado mi corazón.
—Y yo te lo he entregado todo.
—Qué poético, John.
—Yo no soy John, y lo sabes bien —replicó Peter a John con una mirada furiosa.
—Claro que eres John.
Luchó en vano por zafarse de los hombres que lo sujetaban.
—Soy Peter Lanzani, duque de Killingsworth. —Miró a su esposa—. Tienes que creerme, Lali.
—¿Por qué no me lo has contado? Si es cierto, por qué no me has dicho nada.
—¿Dudas de que sea cierto?
—¿Cómo no voy a dudarlo si me has engañado desde que nos conocimos?
—La has engañado y traicionado como me has traicionado a mí —remató John—. Llevadlo al mausoleo.
—¿Por qué al mausoleo? —quiso saber Lali.
—Es el único lugar que no se atrevería a profanar para poder huir.
—Lali... —Peter lo intentó una vez más, pero ella se alejó de él, y entonces detectó la mirada de triunfo en los ojos de su hermano.
—No olvidéis atarle los pies cuando lleguéis allí —ordenó John—. Por si me he equivocado al creerlo incapaz de profanar ese lugar. Después de todo, me ha robado mis títulos, mis tierras y a mi amor.

Una punzada de dolor atravesó el pecho de Peter al ver que Lali aceptaba que John la rodeara con el brazo como gesto de consuelo, y sintió que la había perdido para siempre.

Capitulo 51

 
Retorciéndose y librándose a tirones de la sujeción de aquel hombre, Lali retrocedió, y el horror de sus palabras se le asentó en la boca del estómago.
—Eso no puede ser. Yo... yo... —Se llevó la mano a la boca. Al principio, ¿no le había parecido que se había casado con un desconocido? ¿No había encontrado extraña su reserva?
Sin embargo, se había enamorado de su marido. Había descubierto en él una dulzura, una amabilidad extrema. Disfrutaba de su compañía, disfrutaba de todo lo que hacía con él.
—Sabes que digo la verdad, Lali. Lo veo en tus ojos.
Ella pensó que lo que veía en sus ojos debían de ser lágrimas, porque se las notaba en los ojos y en la garganta. Notó que la humedad le rodaba por las mejillas. Él le resultaba familiar, con una familiaridad que iba más allá de la forma de su nariz, del grosor de sus labios, del azul de sus ojos. Había pasado tiempo en compañía de aquel hombre. ¿Por qué se daba cuenta ahora y no cuando lo había visto por primera vez delante de la ventana?
—Es posible —admitió ella con voz ronca—. No te veo como a un extraño, sino como a alguien a quien he conocido.
—¿Alguien con quien has bailado con un vestido blanco de encaje estampado de rosas rosa?
Le dio un salto el corazón al recordar lo que llevaba puesto la noche en que conoció al duque de Killingsworth.
—¿Alguien que te daba fresas rebozadas en azúcar cuando ibas de picnic junto al Támesis?
Notó una opresión en el pecho que apenas le permitía respirar.
—¿Alguien que te pidió que le concedieras el honor de convertirte en la duquesa de Killingsworth?
Lali soltó un grito contenido. Cielo santo, sólo podía saber esas cosas si era quien las había vivido. Empezaron a temblarle las piernas y tuvo que dejarse caer en una silla cercana.
—No lo entiendo —susurró, odiando la duda y el temor de su propia voz.
—No tienes por qué —dijo, amable—. Desde que tengo uso de razón, John ha codiciado lo que me pertenecía por derecho. Como primogénito, me corresponde heredarlo todo. Según las leyes inglesas, la vinculación...
—Conozco perfectamente las leyes inglesas... —espetó ella, perdiendo la paciencia, desesperada porque llegara al fondo del asunto. Albergaba una lejana esperanza de que todo aquello fuera una broma horrible. Una pequeña parte de ella se sentía profanada, pero la mayor parte no quería otra cosa que ver a su marido, que la abrazara y le dijera que todo iba a salir bien. Sólo que no era su marido el que estaba de pie delante de ella ahora. Era otra persona, de otra vida.
—Por supuesto —le concedió él con una sonrisa burlona—. Pero como mi hermano quería mis títulos y mis propiedades, es lógico pensar que también quisiera poseer a mi dama.
Pero no quería. En realidad, no. Había tratado de evitarla. Había sido ella la que había ido tras él como un cachorro necesitado de consuelo hasta que él había claudicado.
«Me tientas demasiado», le había susurrado.
—Si ni siquiera sabía de mi existencia —le recordó—. Él estaba en Virginia...
—No, lo de que estaba en Virginia fue una mentira cuidadosamente ideada para proteger a la familia.
—Pero sus cartas...
—Las escribí yo mismo.
—¿Por qué?
Se acercó una silla para poder sentarse delante de ella, tan cerca que le parecía estar presa. Tenía palpitaciones, y le sudaban las palmas de las manos. Se sentía como un animal acorralado, nada segura de poder huir.
—¿Dónde está...? —No sabía cómo llamarlo—. ¿... mi marido? —se atrevió a preguntar.
—Supongo que habrá salido a ocuparse de los asuntos de la finca.
—¿Y cuándo vuelve?
—Tú y yo debemos acordar un plan de acción.
—No entiendo cómo ha podido suceder esto —dijo ella presionándose las sienes con la palma de las manos.
—Intento explicártelo lo mejor que puedo. —La cogió por las muñecas y le bajó las manos al regazo—. Por increíble que parezca, mi padre sabía que no podía confiar en que John no quisiera ocupar mi lugar en vez del que le correspondía, así que, la noche en que cumplimos la mayoría de edad, lo envió a Pentonville...
—¿A Pentonville? Es una prisión.
—Sí, la otra opción era Bedlam. Mi padre pensó que Pentonville, al ser un complejo moderno, constituiría una opción mejor.
—Pero la cárcel es para los delincuentes, y tu hermano no había cometido ningún delito.
—Pero lo habría hecho. Mi padre estaba convencido de eso. De modo que pagó generosamente a un celador para que tuviera a John encerrado entre los muros de Pentonville.
—¿Y tú estabas al tanto de esa injusticia?
—Sí.
Ella se estudió las manos y luego lo miró.
—¿Por eso te quedabas parado allí delante de vez en cuando?
—Sí, odiaba pensar que mi hermano estuviera encerrado allí. Intentaba decidir si sería seguro soltarlo. Su libertad se convirtió en un infierno para mí. —Se levantó de la silla con tal violencia que Lali se apretó contra el respaldo por temor a que fuera a pegarle.
Él dio la vuelta a la suya y se situó detrás, agarrándose al respaldo con tanta furia que los nudillos se le pusieron blancos, la mandíbula apretada mientras proseguía.
—Mi hermano se fugó. No podía haber elegido peor momento: la víspera del día en que tú y yo íbamos a casarnos. Vino a la casa de Londres e hizo que me llevaran a Pentonville en su lugar. —Escudriñó el techo, como si los recuerdos se alojaran en él—. Me confinaron en una celda de aislamiento, así que me llevó un tiempo poder hablar con el celador y convencerlo de que había cometido una equivocación. Me soltaron en secreto hace tres días.
»Entonces empezó mi infierno —añadió, volviendo a mirarla—. Hice algunas indagaciones discretas y averigüé que mi hermano había seguido adelante con la ceremonia, que John se estaba haciendo pasar por Peter, y no sólo me había robado mis títulos y mis propiedades sino también a mi dama. Y a juzgar por tu reacción de antes, debo suponer que además te ha robado el corazón.
«Amén de su cuerpo y de su alma.»
En aquel momento, a Lali le pareció que la odiaba de la cabeza a los pies. Volvió a mirarse las manos, incapaz de soportar su escrutinio, como si pudiera ver todo lo que su hermano había hecho con ella, cada beso, cada caricia...
—Tu historia es increíble.
—No es una historia, es la verdad.
Se atrevió a levantar la mirada.
—La solución de tu padre a lo que percibía como un problema me parece cruel. No, no me lo parece, lo es —rectificó meneando la cabeza—. Tenía que haber otra forma de proteger lo que crees tuyo.
—¿Lo que creo mío? Es mío, Lali. Iba a ser tuyo también. ¿Te has acostado con mi hermano?
Ella notó que se le encendía el rostro.
—¿Te has acostado con él?
Asintió con la cabeza. Él se volvió y le dio la espalda.
—Podría matarlo sólo por eso —murmuró.
—No —espetó ella levantándose como un resorte—. No merece morir. Si lo que dices es cierto...
Él se volvió de inmediato.
—¿Dudas de mí?
Lali tragó saliva.
—No sé qué creer.
—Créete esto: no ha pasado una sola noche en que no haya pensado en ti, ni un instante en que no me haya preocupado por lo que pudiera haberte ocurrido. No ha pasado un segundo sin que viera tu rostro, oyera tu risa o recordara tu sonrisa.
Aquello era un disparate, y empezaba a dudar de su cordura, de la de aquel hombre y de la de su marido.
—Pero ¿cómo es posible que no haya notado la diferencia? Aunque seáis idénticos...
—¿Aún dudas de que soy el hombre que te cortejó?
Notó que las lágrimas le escocían en los ojos, que le quemaban la garganta. Pensó que quizá estaba enferma. Al principio, le daba la impresión de haberse casado con un desconocido. De hecho, así había sido.
Él apartó de un golpe la silla, que se cayó al suelo, se arrodilló ante ella y le tomó las manos.
—¿Quién soy, Lali?
Tenía la boca demasiado seca para hablar, y un nudo de emoción en la garganta.
—¿Soy el hombre que te conquistó?
Ella estudió su rostro, sus ojos... Asintió con la cabeza.
—¿Soy el duque de Killingsworth?
¿Lo era? No lo sabía. Sólo sabía que aquél no era el hombre con el que se había casado.
—Necesito ver... —iba a decir «a Peter», pero ¿y si lo estaba mirando a los ojos en aquel mismo instante?— a mi marido.
—¿Crees que soy el duque de Killingsworth, que soy Peter? —insistió él.
—¿Por qué iba a mentirme? —repuso ella en lugar de contestar a su pregunta.
—Ya te lo he dicho. Quería lo que yo tenía.
—Si lo que dices es cierto... —Las lágrimas le nublaron la visión y empezaron a rodarle por las mejillas.
—Es verdad, Lali. Debes creerme. ¿Por qué iba a inventarme una historia tan retorcida?
—¿Qué es lo que esperas de mí?
—Debes entender que es muy probable que, aun cuando se enfrente a la verdad, siga asegurando que es Peter —dijo, apretándole las manos—. Temo que cree que es Peter. Peor aún, me temo que está loco. La noche en que se fugó...
Como le sostenía las manos, ella notó el temblor que lo recorría.
—¿Qué? ¿Qué sucedió la noche de su fuga?
—Me ató y me amordazó.
Lali pudo ver el horror de lo que aquel hombre había soportado reflejado en sus ojos.
—Me dejó inconsciente de un golpe. Cuando desperté, estaba solo. Completamente solo en un lugar oscuro.
A ella aún le costaba creerlo, pero tampoco podía negar que su marido no era el mismo hombre con el que había accedido a casarse. Ahora lo veía clarísimo. Las dudas iníciales de él...
—¿Vas a volver a enviarlo a Pentonville?
—No. Nunca estuve de acuerdo con la solución que papá dio al problema. Sólo quería complacerlo, pero ahora veo que fue muy injusto con mi hermano. Aun así, no puedo correr el riesgo de que vuelva a quitarme lo que es mío.
Ella no pudo hacer mucho más que asentir para demostrar que comprendía la situación.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero reunirme con él, hablar con él...
—Volverá en cualquier momento.
—Aquí no. Quiero verlo lejos de la casa, donde el servicio no pueda oírnos. No me cabe duda de que llegar a un acuerdo supondrá muchos gritos. No querrá oír lo que tengo que decirle, si admite que él es John, quizá nos baste para salir de este entuerto.
—No entiendo por qué no puedes reunirte con él aquí.
—Porque es muy probable que se ponga violento.
—No me parece un hombre de los que recurren a la violencia.
—¿Y te parece de los que viven la vida de otro?
—No.

—Hay muchas cosas de mi hermano que tú no sabes, Lali. No olvides que al tomarte como esposa te ha engañado mucho más que a mí.

Capitulo 50

Holas holas si se que me quieren matar por dejar la nove hay ayer pero bueno hoy la terminamos la nove si o si! quieren otro COMENTEN!


—Soy Peter Lanzani, duque de Killingsworth.
Lali se quedó petrificada, mirando fijamente a aquel hombre, intentando encontrar sentido a sus palabras. Movió la cabeza, incapaz de descifrar lo que significaban, aunque lo sabía perfectamente. No tenía sentido. Era absurdo.
—Conozco a Peter. Él... —empezó a decir negando con la cabeza. Peter tenía una mirada más amable, dulce, vulnerable. Su alma tenía rasgos de los que carecía la de aquel hombre. Tan sólo mirándolo, se dio cuenta de que le resultaba familiar a la vez que desconocido. Meneó la cabeza con mayor energía.
—Tú no eres Peter Lanzani. No eres mi marido.
—No, no soy tu marido. Él me ha privado de ese honor, del mismo modo que ha intentado privarme de todo lo demás. —Se acercó un paso más a ella—. Mírame bien, Lali. Mírame a los ojos. Lo has hecho otras veces. Durante seis meses mientras preparábamos nuestro enlace, durante los seis meses de nuestro noviazgo...
—No. —Retrocedió un poco más. Quería salir corriendo y chillando por los pasillos—. No te conozco. Me he casado con el hombre al que miré a los ojos...

—¡No, te equivocas! —La agarró por los brazos y la zarandeó, con el rostro retorcido de agonía—. ¡Es lo que intento decirte! ¡No te has casado con Peter, sino con John!