—Gracias, no os necesito. El duque me ha dicho
que subáis a la casa y comáis algo. Yo me quedaré aquí hasta que volváis.
Lali entró en la sala y cerró la puerta. En
una mano, llevaba un candil, en el otro brazo un montón de mantas, como si no
supiera que a él la comodidad física ya le daba igual.
Peter prefirió mirar al suelo antes que a
ella. Oyó el eco de sus pasos huecos a su alrededor, luego un ruido seco cuando
ella dejó el candil en el suelo.
—Te he traído unas mantas —le comunicó en voz
baja, como si temiera molestarlo.
Él la miró, después volvió la vista al suelo.
—¿Quieres que te ayude a incorporarte? —le
preguntó.
—No.
—No me gusta que te tengan aquí encerrado,
pero tu hermano teme que intentes usurparle su autoridad...
—Me extraña, porque no tiene ninguna —replicó
él con una mirada feroz—. Te cuenta un puñado de mentiras y tú le crees.
Apretando las mantas contra su pecho, Lali se
arrodilló en el duro suelo de piedra.
—Estaba conmocionada. ¿Tienes idea de lo que
es descubrir que no estás casada con quien creías?
—Pensabas que te casabas con el duque de
Killingsworth, y es exactamente lo que has hecho.
—Según tu hermano, no.
—Miente, Lali. ¿Por qué te cuesta tan poco
creerle a él en vez de a mí?
—Porque él nunca me ha engañado...
—Claro que te ha engañado, ha engañado a todo
Londres haciéndose pasar por mí.
—Y tú lo podías haber solucionado diciéndome
la verdad desde el principio, pero no lo has hecho. Sabías que no eras el
hombre que se me había declarado. ¿Por qué no cancelaste la boda?
—Porque no podía imaginar que fuera otra cosa
que un matrimonio de conveniencia. Pensé que deseabas casarte con el título, no
con el hombre.
—El título no me da calor por las noches.
—Entonces no te conocía lo suficiente para
saber cómo pensabas.
—¿Y ahora?
—Ahora te conozco muy bien, pero, por lo
visto, tú a mí no.
—Pues cuéntame lo que no sé.
No quería contarle nada. Quería que lo creyera
tan sólo con lo que ya sabía de él. Eso bastaría. Si de verdad lo amaba, eso
sería suficiente. Pero también se dio cuenta de que, para ella, aquella
petición era razonable... y en realidad lo era.
—Creo que sí que voy a incorporarme.
Ella dejó las mantas a un lado, lo cogió del
brazo y tiró tanto como pudo para ayudarlo a levantarse, hasta que Peter logró
apoyar la espalda en la tumba de su madre, con las rodillas dobladas para
mantener el equilibrio.
—¿Quieres que te arrope con una manta? —le
preguntó ella.
—No, estoy bien.
—¿Estás atado como un pavo de Navidad y dices
que estás bien?
—Atado gracias a tu sugerencia de dar un paseo
por los jardines.
Ella bajó la vista al suelo.
—No sabía que iba a... —Meneó la cabeza—. Me
dijo que quería hablar.
—Y sigues creyendo que él es el duque de
Killingsworth.
—Cuéntame lo que debo saber —repuso ella
mirándolo.
—Deberías saber, sin que yo te lo diga, que Peter
soy yo.
—Supongamos que es cierto. Aun así, me
engañaste. No eres el hombre al que me prometí. .
—Tienes razón —suspiró él—. No tenía
previsto... —«Enamorarme de ti.» Pero no terminó la frase, porque tampoco eso
importaba ya—. Me has pedido que te cuente lo que no sabes. No sé lo que sabes,
así que te voy a contar lo que sé yo.
»Poco antes de que cumpliéramos dieciocho
años, John propuso que organizáramos una gran celebración que empezaría en la
noche de mi cumpleaños y terminaría en la madrugada del suyo. Lo planificamos
todo: los locales a los que iríamos, lugares en los que me garantizó que nos
recibirían bien. Debí haber sospechado algo entonces, no sé por qué.
«Recorrimos todo Londres, bebiendo whisky en
el carruaje. Fuimos a una casa en las afueras de la ciudad. Yo no había estado
allí nunca, pero por lo visto John sí, porque lo conocía todo el mundo. Dentro,
nos esperaban más bebidas, jarana y mujeres. Recuerdo que John me dio un vaso
de whisky, me puso en la mano la de una señorita, y me dijo que bebiera, que
ella se encargaría del resto. —Meneó la cabeza.
»Recuerdo que subí la escalera y entré en una
habitación... mi siguiente recuerdo es que desperté en una celda, vestido con
un traje de preso, pidiendo ayuda y recibiendo a cambio una paliza. Era el
preso D3-10. Y cuando supe que estaba en Pentonville, me di cuenta de que me
había metido en un buen lío.
»Pensé que quizá John también estaba allí, en
otra celda. Que habíamos ido a parar a una red de comercio de esclavos o algo
similar. O que las personas de la casa a la que habíamos ido nos habían
utilizado para reemplazar a sus amigos convictos. Todas las explicaciones que
se me ocurrían me parecían absurdas, pero también lo era la situación. Me
sentía estúpido, y no entendía por qué sucedía todo aquello.
»Como sabes, nos obligaban a llevar el
capuchón puesto cuando salíamos al patio de ejercicio, pero yo procuraba mirar
a los ojos a los otros presos en busca de unos parecidos a los míos. A veces,
intentaba susurrarle al hombre que tenía delante, pero lo único que conseguía
era el aislamiento absoluto durante un tiempo.
»Entonces, un día, no sé cuántos habían
pasado, recibí una carta. Dentro había un recorte del Times.
Era la necrológica de los duques de Killingsworth.
—Tus padres —susurró ella.
Él asintió con la cabeza.
—La carta sólo decía: «He pensado que querrías
saberlo». Iba firmada por Peter Lanzani, duque de Killingsworth. Entonces supe
que no encontraría a John entre los presos, que nuestra celebración de
cumpleaños había sido una retorcida treta para deshacerse de mí.
—Pero ¿por qué esa noche, cuando aún no eras
duque? Además, alguien tuvo que darse cuenta de que faltaba uno de vosotros.
—John les había dicho a nuestros padres en
incontables ocasiones que quería viajar a América. Supongo que, haciéndose
pasar por Peter, los convenció de que John había querido cumplir su sueño de
cruzar el Atlántico justo después de nuestra celebración de cumpleaños. Quizá
les dijo que se había emborrachado un poco y se había largado, pero eso es sólo
una suposición mía.
Ella empezó a frotarse los brazos
enérgicamente, y él no supo si lo hacía por el aire frío que los rodeaba o por
lo espeluznante de su relato.
—No me crees —señaló.
—Él me ha dicho que vuestro padre lo dispuso
todo porque sabía que querrías llevarte lo que no te correspondía.
—¿Qué ganaba mi padre con eso?
—¿Y qué ganaba tu hermano?
—El ducado.
—Pero tardaría en tenerlo. Él no podía saber
que tus padres morirían tan pronto.
Peter tragó saliva y se obligó a expresar la
sospecha que lo había atormentado casi todos esos años.
—Salvo que supiera que heredaría el ducado en
breve.
Lali dejó de frotarse los brazos.
—Pero eso sólo podía saberlo...
Peter asintió con la cabeza.
—¿Y si su plan incluía matar a nuestro padre?
De pronto, Lali sintió un escalofrío que nada
tenía que ver con el frío mármol que la rodeaba.
—¿Por qué no cancelaste la boda?
—Lo pensé, pero tienes que entender que había
estado aislado mucho tiempo, privado de la posibilidad de compartir mis
pensamientos con nadie más que yo mismo, y de repente me encontré de pie ante
el altar, tratando de decidir qué debía hacer. No sabía cómo demostrar que yo
era Peter, y temía que, si no seguía adelante con la ceremonia, me harían
preguntas que no estaba preparado para responder. Después de la boda, no pude
decirte la verdad porque me confesaste que me querías muchísimo, y pensé que si
te decía la verdad, tendría que enfrentarme a las autoridades antes de haber
decidido cuál era la mejor forma de probar mi identidad.
»Tenía previsto no ponerte una mano encima y,
cuando pudiera liberar a John, encontrar un modo de deshacer el matrimonio y
alguna forma de burlar la ley, aunque fuera con una acta del parlamento, con el
fin de que pudieras casarte con el hombre al que te habías prometido.
Su voz estaba cargada de sinceridad, de
desesperación por que lo creyera, por que confiara en él, por que lo
comprendiera.
—¿Cómo te fugaste?
Lali escuchó en silencio, embelesada, la
descripción de su rutina diaria, del aislamiento constante, salvo por el paseo
en el patio de ejercicio y el trayecto a la capilla; que hasta en los momentos
de culto los tenían aislados, y el silencio los rodeaba excepto cuando
cantaban; y cómo había conseguido soltar las tablillas del suelo y escapar.
Le habló de Matthews, y de cómo el celador se
había llevado a John en su lugar.
—Aunque, en realidad, no era mi lugar. Jamás
debí ir a parar allí, para empezar.
Lali vio cómo los ojos se le llenaban de
lágrimas, y cómo parpadeaba para deshacerse de ellas. Él apartó la mirada y
ella se fijó en el trabajoso movimiento de los músculos de su cuello.
—Lali, no te imaginas lo que fueron esos ocho
años —le confesó con voz áspera y desgarrada—. Que nadie te tocara salvo para
empujarte; no poder hablar nunca con nadie ni siquiera de cosas
intrascendentes, del tiempo, del color de los ojos de una mujer, de su garbo al
caminar; por no mencionar de los anhelos del corazón, de las esperanzas, de los
sueños.
—Y aun así mantuviste la distancia hasta la
noche de la tormenta en que te pedí que no lo hicieras.
—Yo no tenía derecho a tocarte.
—Pero lo hiciste.
—Si quieres una disculpa... —Meneó la cabeza—.
La quieras o no, la mereces. Lo siento, Lali. Siento el daño irreparable que
haya podido causarte...
—¿Cómo vas a demostrar quién eres?
—¿Me crees?
Su voz sonaba llena de esperanza, de
desesperación por que lo creyera.
—Lo único que sé es que te quiero —admitió
ella.
Con un profundo suspiro, él bajó la cabeza.
—No es suficiente.
Aquello le partió el corazón, pero sospechaba
que su reticencia a reconocerlo como el duque era igual de dolorosa para él. Si
lo amaba, ¿no debería creerle?
De entre las mantas, sacó el cuchillo que
había ocultado en los pliegues.
—Seas quien seas, no mereces este trato.
—Empezó a cortar la cuerda que le sujetaba las piernas—. Ve a Londres y
averigua con quién deben hablar los lores cuando surge una disputa por su
título.
—Con el lord Canciller.
Tras liberarle los pies, ella se detuvo y le
lanzó una mirada furiosa.
—Si lo sabías, ¿por qué no has hablado ya con
él?
—Porque no puedo demostrar que yo soy el
duque. Es la palabra de John contra la mía.
—¿Y esto te parece mejor? ¿Jugar a
encarcelaros el uno al otro?
—No, tienes razón. Debo confiar en los
tribunales.
Ella se acercó y él se retorció para darle
acceso a sus manos. Cuando hubo cortado las ataduras, él soltó un gruñido y
empezó a frotarse las muñecas y a ejercitar los dedos.
—Ve a Londres —le ordenó ella.
—¿Vienes conmigo? —le preguntó él,
acariciándole la mejilla.
¿A sabiendas de que su amor no era suficiente
para él? Con lágrimas abrasándole los ojos, ella sacudió lentamente la cabeza.
—No puedo.
hay pobre todo lo que paso, Lali como que no puedes ve con el anda vallase juntos
ResponderEliminarMarines